Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Ambrosio Paré, sí! —contestó la reina—. Quiero que venga, aunque han dicho que ese hombre no debía, no querría curar al rey, porque es un hereje y un maldito, y que, aun suponiendo que quisiera echar sobre sus hombros semejante responsabilidad, sería imposible poner en sus manos la vida de mi querido esposo.

—Y así es en verdad —dijo con acento desdeñoso Catalina de Médicis.

—¡No! ¡No es verdad, porque se la confío yo, yo, la esposa del rey! —replicó con entereza María Estuardo—. ¿Puede ser traidor un hombre de genio? ¡Los grandes hombres siempre son buenos, señora!

—Mi hermano y yo habíamos pensado ya en él, y hasta hemos hecho que le tanteen —dijo el cardenal.

—¿Pero quién ha ido a buscarle? —interrogó María—. ¡Algún indiferente, tal vez un enemigo! Yo le he enviado un amigo de toda confianza, y aseguro que vendrá.

—Se necesita tiempo para que llegue de París —observó Catalina.

—Está en camino, y acaso haya llegado ya —replicó la joven reina—. El amigo a quien me refiero ha prometido traerle hoy mismo.

—¿Pero quién es ese amigo? —preguntó Catalina de Médicis.


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