Las dos Dianas
Las dos Dianas
SPERAD un instante! —dijo entonces Catalina de Mediéis con aspereza y frialdad—. Para que ese hombre entre, señora, esperad al menos a que haya salido yo. Si os parece bien confiar la vida del hijo al que acabó con la del padre, a mà me repugna volver a ver al asesino de mi esposo. Protesto contra su presencia en este lugar, y me retiro.
Y salió, en efecto, de la cámara, sin mirar, sin dirigir un adiós de madre a su hijo moribundo.
¿Obraba asà porque el nombre aborrecido de Gabriel de Montgomery le recordaba la primera ofensa que hubo de sufrir del rey? Pudiera ser, pero lo que no deja lugar a duda es que no le repugnaba tanto como intentaba aparentar el aspecto de la persona de Gabriel, pues al retirarse a sus habitaciones, contiguas a la del rey, tuvo buen cuidado de dejar la puerta entreabierta, y no bien hubo cerrado otra puerta exterior, que daba a la galerÃa, desierta a aquellas horas de la noche, aplicó a la cerradura el ojo y el oÃdo, para ver y oÃr cuanto iba a pasar después de su brusca salida.
Entró Gabriel guiado por la camarista Dayelle, se arrodilló para besar la mano que le tendió la reina e hizo una inclinación profunda ante el cardenal.
—¿Qué hay? —preguntó MarÃa Estuardo con impaciencia.
