Las dos Dianas
Las dos Dianas —He convencido a Ambrosio Paré, señora, y espera aquà —respondió Gabriel.
—¡Oh, gracias, gracias! ¡Sois un amigo fiel!
—¿Está peor el rey, señora? —preguntó en voz baja Gabriel, dirigiendo una mirada de inquietud al lecho en donde estaba postrado, descolorido e inmóvil, Francisco II.
—¡Ah! ¡Cada vez se encuentra peor! —contestó la reina—. ¡Con qué ansiedad deseaba veros! ¿Ha puesto Ambrosio Paré muchas dificultades?
—No, señora. Ya le habÃan mandado a llamar, pero lo hicieron de un modo, según me dijo, que más bien que inducirle a venir, era provocarle para que no viniese. ExigÃan de él que se comprometiese de antemano, bajo palabra de honor, y respondiendo con su cabeza, a salvar la vida del rey a quien no habÃa visto. No le ocultaron que, como protestante, se harÃa sospechoso de que pudiese abrigar intenciones siniestras contra la vida del perseguidor del protestantismo. En suma: le manifestaron una desconfianza tan injuriosa, le exigieron condiciones tan duras, que por necesidad tenÃa que negarse a venir si no querÃa pasar por hombre sin corazón y sin un átomo de prudencia. Asà lo hizo, con vivo sentimiento por su parte, y sin que los que fueron a buscarle insistieran en su demanda.