Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿Será posible que hayan interpretado tan torcidamente nuestras palabras los que fueron de parte nuestra a llamar a Ambrosio Paré? —dijo vivamente el cardenal de Lorena—. Dos o tres veces hemos enviado a buscarle mi hermano y yo, y siempre nos hablaron de su obstinada negativa y de las singulares dudas que le atormentaban. Sin embargo, nosotros creíamos que los hombres a quienes enviábamos eran de toda confianza.

—¿La merecían, monseñor? —preguntó Gabriel—. Ambrosio Paré cree que no, ahora que le he manifestado los verdaderos sentimientos que os animan con respecto a él y le he repetido las bondadosas palabras de la reina. Está convencido de que, sin vos saberlo, probablemente con objetivos criminales, han procurado alejarle del lecho de dolor del rey.

—No me cabe ya la menor duda de que así es —contestó Carlos de Lorena—. Anda en esto como en muchas otras cosas la mano de la reina madre —añadió entre dientes—. Tiene interés grandísimo en que su hijo no se salve… ¿Será capaz de sobornar, de corromper a todas las personas adictas con quienes contamos? Tenemos reproducido el caso del nombramiento del canciller L’Hópital… ¡Cómo se burla de nosotros!

María Estuardo, dejando al cardenal entregado a las reflexiones que le sugerían los hechos consumados, y puesto todo su afán en el presente y en el porvenir, decía a Gabriel:


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