Las dos Dianas
Las dos Dianas —Ambrosio Paré ha venido con vos; ¿no es verdad?
—Apenas se lo indiqué —contestó Gabriel.
—¿Y dónde está?
—Esperando que le concedáis permiso para entrar, señora.
—¡Pues al momento! ¡Que entre en seguida!
Gabriel de Montgomery se dirigió a la puerta, y al cabo de un instante, volvió con el hábil cirujano.
Catalina de Médicis continuaba acechando detrás de la puerta.
MarÃa Estuardo salió al encuentro de Ambrosio Paré y le condujo hasta el lecho de su querido enfermo. Con el fin de abreviar los cumplidos, le dijo sin dejar de andar:
—Gracias, señor Paré: ya sabÃa yo que podÃa contar con vuestro celo, de la misma manera que con vuestra ciencia. Acercaos, acercaos pronto al lecho del rey.
Ambrosio Paré, sin tiempo para pronunciar una sola palabra, obedeció a la impaciencia de la reina acercándose al lecho donde, vencido por los dolores, Francisco II expiraba, sin fuerzas casi para quejarse, pues de su pecho no salÃa más que un gemido débil.