Las dos Dianas
Las dos Dianas El gran cirujano dedicó un minuto a la contemplación de aquel rostro joven, enflaquecido y como arrugado por los padecimientos. Luego se inclinó sobre el que para él no era sino un enfermo, y tocó y sondeó la dolorosa tumefacción del oído derecho con mano tan ligera y tan suave como la de María.
Por instinto comprendió el rey que le tocaba un médico y le dejó que hiciera lo que tuviese a bien sin abrir los ojos.
—¡Padezco mucho… mucho! —dijo con voz doliente. ¿No podríais aliviar mis dolores?
Estaba la luz demasiado lejos para que Ambrosio Paré tuviese la que necesitaba. El cirujano hizo una seña a Gabriel para que acercase el candelero, pero María Estuardo se adelantó, tomó el candelero y alumbró a Paré, mientras este reconocía despacio y con la minuciosidad debida el sitio donde radicaba el mal.
El reconocimiento duró sobre diez minutos. Cuando Ambrosio Paré enderezó el cuerpo, dejó caer las cortinas del lecho y quedó grave y absorto, entregado a su trabajo mental.
No se atrevía a preguntar María Estuardo, no obstante su ansiedad, temiendo distraer sus pensamiento, pero acechaba con angustia la expresión del rostro del cirujano, pensaba con esperanza y con terror cuál sería el fallo.