Las dos Dianas
Las dos Dianas El ilustre médico movió tristemente la cabeza, y la reina se figuró que el movimiento encerraba una sentencia de muerte.
—¡Cómo! —gimió, sin poder dominar su inquietud—. ¿Será posible que no haya ninguna probabilidad de salvarle?
—Queda una sola, señora —respondió Ambrosio Paré.
—¡Pero decÃs que hay una! —exclamó anhelante la reina.
—SÃ, señora; hay una, y aunque problemáticamente, por desgracia, yo fundarÃa en ella grandes esperanzas si…
—¿Si… qué? —preguntó MarÃa Estuardo.
—Si la persona a quien hay que salvar no fuera el rey, señora.
—¡Pues bien! —gritó MarÃa Estuardo—. ¡Curadle, tratadle como si fuese el más humilde de sus súbditos!
—¿Y si no consigo salvar su vida, de la que sólo Dios es árbitro? —interrogó Ambrosio Paré—. Soy hugonote; ¿no se me acusará de haberle matado? ¿No influirá en mi mano la terrible responsabilidad que echaré sobre mis hombros, si le opero, haciéndola temblar, cuando tanta necesidad tendré de calma y de sosiego?