Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Escuchadme —dijo María—: Si vive, todo el tiempo que me dure la vida me parecerá poco para bendeciros, y si muere… si muere os defenderé hasta mi muerte. Así, pues, intentad, probad ese medio; os lo ruego… os lo suplico. Puesto que decís que es la única probabilidad que nos queda, no renunciéis a ella, porque sería un crimen.

—Tenéis razón, señora; probaré… si me lo permiten… si me lo permitís vos, señora, porque no quiero ocultaros que el medio a que habré de recurrir es inusitado, violento, peligroso, por lo menos en apariencia.

—¿Peligroso…? —repitió la reina con espanto—. ¿Y no hay otro?

—¡Ningún otro, señora! Aún es tiempo de intentarlo, pero dentro de veinticuatro horas, acaso de doce, sería tarde. En la cabeza del rey se ha formado un depósito de humores, y si no se da salida a estos por medio de una operación prontísima, sobrevendrá un derrame interior que le ocasionará la muerte.

—¿Y quisierais operarle ahora mismo? —preguntó el cardenal—. Os lo pregunto, porque yo, por mi parte, no me atrevo a cargar con tamaña responsabilidad.


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