Las dos Dianas
Las dos Dianas —Es muy importante que descanse —repuso el cirujano—. Como nada tengo que hacer aquà por ahora, os pido permiso para retirarme, señora, a fin de prepararme para la operación.
—¡Adiós, señor Paré, adiós! —dijo la reina—. Os doy anticipadamente las gracias y os bendigo… Hasta mañana.
—Hasta mañana, señora. No perdáis las esperanzas.
—Voy a rezar pidiendo a Dios que os dé acierto —repuso la reina—. También a vos os doy las gracias, señor conde —añadió, dirigiéndose a Gabriel—. Sois uno de los aludidos por Ambrosio Paré, uno de los que tienen bien probada su adhesión al rey; no faltéis aquà mañana, para sostener con vuestra presencia el valor y la calma de vuestro ilustre amigo.
—Vendré, señora —contestó Gabriel, saliendo con Ambrosio Paré después de saludar a la reina y al cardenal.
—¡También vendré yo! —se dijo Catalina de Médicis, detrás de la puerta donde estaba atisbando—. ¡SÃ… vendré! ¡Vendré, porque ese Ambrosio Paré serÃa muy capaz de salvar al rey perdiendo a su partido…! ¡Imbécil…, al prÃncipe y a mà misma…! ¡No faltaré!