Las dos Dianas

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—No —contestó el cardenal—. Mi hermano, retenido sin duda por la infinidad de asuntos que debía despachar, vendrá, según me ha dicho, antes de acostarse, a saber cómo sigue el rey. Le he prometido esperarle aquí… y si no me engaño, los pasos que suenan son suyos.

—¡Oh! ¡Que no haga ruido! —exclamó María, dirigiéndose hacia la puerta para advertir al Acuchillado.

El duque de Guisa entró en la cámara pálido y agitado. Saludó a la reina, pero era tan grande su preocupación, que ni siquiera se acordó de preguntar por el rey. Lo que hizo fue dirigirse en línea recta hacia su hermano, con quien se puso a hablar en voz baja después de llevarle al hueco de una ventana.

—¡He de darte una noticia terrible! —dijo sin más preámbulos.

—¿Qué pasa? —preguntó el cardenal.

—El condestable de Montmorency ha salido de Chantilly con mil doscientos jinetes —continuó el duque de Guisa—. Para ocultar mejor su marcha, no ha pasado por París; ha tomado el valle de Essone en su viaje de Ecouen y Corbeil a Pithiviers, y mañana le tendremos en las puertas de Orleáns al frente de sus tropas. Acabo de recibir el aviso.


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