Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ay de mÃ! —gemÃa MarÃa Estuardo, cubriendo de besos la mano helada de Francisco—. ¡Nadie más que yo llora al pobre esposo mÃo que tanto me ha amado!
—¡Y yo, señora! —contestó Gabriel de Montgomery, acercándose con los ojos inundados de lágrimas.
—¡Oh! ¡Gracias, gracias! —contestó MarÃa, dirigiéndole al mismo tiempo una mirada en la que puso toda su alma.
—¡Y haré más que llorarle! —añadió a media voz Gabriel, envolviendo en una mirada colérica a Montmorency y a Catalina de Médicis, junto a la cual se habÃa colocado aquel—. ¡SÃ! ¡Le vengaré quizás, reanudando la obra interrumpida de mi propia venganza! Puesto que el condestable vuelve poderoso, nuestra lucha no ha terminado.
Gabriel, hasta en presencia de aquel cadáver acariciaba proyectos personales.
Está visto que Regnier La Planche tiene razón al afirmar que es malo morirse siendo rey.
Como la tiene también cuando añade:
«Durante el reinado de Francisco II, Francia fue un teatro donde se representaron varias tragedias a cual más terribles, que la posteridad admirará y detestará al mismo tiempo, con justo motivo».