Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XIV

EL condestable de Montmorency continuaba en la cámara de Diana de Poitiers y le hablaba con acento tanto más altanero, brusco e imperioso, cuanto más dulce y afable se mostraba ella.

—¡Por el infierno! —decía el condestable—. En resumidas cuentas, es vuestra hija, y tenéis sobre ella los mismos derechos y la misma autoridad que el rey: exigid, pues, que se efectúe el casamiento.

—Pero, amigo mío —suplicaba Diana—; comprended que si hasta aquí no la traté con ternura de madre, no puedo imponerle la autoridad de tal, que no puede herir quien antes no ha acariciado. Sabéis perfectamente que la señora de Angulema y yo nos hemos tratado con frialdad glacial, y que, a pesar de haber iniciado ella las atenciones, hemos continuado viéndonos muy de tarde en tarde. Por otra parte, ella ha sabido conquistarse una influencia personal grandísima en el ánimo del rey, tanto, que a estas fechas, si he de decir lo que siento, no me atrevería a apreciar cuál de las dos es más poderosa. Lo que exigís de mí amigo mío, es muy difícil, por no decir imposible. En vuestro lugar, yo renunciaría a ese proyecto de casamiento y buscaría otra alianza más brillante. El rey ha prometido a Carlos de Mayenne la mano de la niña Juana; creo que sin dificultad conseguiríamos para vuestro hijo la de la niña Margarita.


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