Las dos Dianas
Las dos Dianas Diana hizo un movimiento involuntario, se incorporó a medias y abrió sus rasgados ojos verdes y claros. Eran muy contadas las personas de la corte que conocieran aquel secreto, para que no le produjeran alguna sorpresa las bruscas declaraciones de Gabriel.
—¿Tenéis pruebas materiales de ese amor? —le preguntó con cierta inquietud.
—Tengo certeza moral, señora; nada más, pero es bastante.
—¡Ah! —exclamó Diana, volviendo a su actitud desdeñosa—. Si no es más que eso… no tengo inconveniente en confesaros la verdad: he amado al conde de Montgomery. ¿Qué más queréis de mí?
Difícil era la situación de Gabriel, porque nada sabía a ciencia cierta y había de avanzar entre tinieblas y conjeturas, pero esto no obstante, prosiguió así: