Las dos Dianas
Las dos Dianas Habéis amado al conde Jacobo de Montgomery, y me atreveré a añadir que amáis todavÃa su recuerdo, porque… hablaré claro… si desapareció del mundo, a vos lo debió. Pues bien: en su nombre vengo, señora, a formular una pregunta que os ha de parecer harto audaz, pregunta que, si os dignáis contestarla, no ha de producir otros efectos que un tesoro de gratitud y de adoración hacia vos en mi corazón. De vuestra respuesta depende mi vida, y si no me la negáis, vuestro seré eternamente en cuerpo y en alma, y no desdeñéis mi escaso valor, pues hay ocasiones en que el poder más sólido necesita de un brazo y de un corazón decididos, señora.
—Terminad, caballero —dijo la duquesa—; lleguemos ya a esa terrible pregunta.
—Necesito arrodillarme a vuestras plantas para hacerla, señora —contestó Gabriel cayendo de rodillas—. ¿Fue el año de mil quinientos treinta y ocho cuando amasteis al conde de Montgomery?
—Puede —contestó secamente Diana—. ¿Qué más?
—¿Fue en enero de mil quinientos treinta y nueve cuando desapareció el conde de Montgomery y en mayo del mismo año cuando nació Diana de Castro?
—SÃ.