Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Pues bien, señora —repuso Gabriel con voz que apenas se podía oír—. He aquí el secreto cuyo esclarecimiento vengo a implorar de vos, el secreto del cual depende mi suerte, y que morirá, lo juro, en mi pecho, si tenéis la dignación de descubrírmelo. Delante del crucifijo que veo sobre vuestra cabeza os lo juro, señora: me arrancarán la vida antes que la confianza que en mí depositéis. Además: aun cuando yo quisiera abusar de ella, siempre podríais desmentirme y os darían más crédito que a mí, puesto que no he de pediros prueba alguna, sino sencillamente vuestra palabra. Señora, ¿es Jacobo de Montgomery el padre de Diana?

—¡Ah! —exclamó Diana con risa burlona—. Temeraria es, en efecto, la pregunta, caballero; tan temeraria, que ya no me sorprende el largo preámbulo que la ha precedido. Tranquilizaos, sin embargo, mi querido señor, que aunque osada en demasía, no ha despertado mi enojo contra vos. Me habéis interesado como un enigma, y aún me interesáis, porque, a la verdad, ¿qué puede importaros que Diana sea hija del rey o del conde? El rey pasa por su padre, y esto debe bastar a vuestra ambición, si es que sois ambicioso. No comprendo por qué intentáis mezclaros en interioridades que no deben interesaros ni a qué obedece vuestra extraña pretensión de interrogar el pasado. Vuestra actitud reconoce una causa: ¿tenéis inconveniente en explicármela?


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