Las dos Dianas
Las dos Dianas —Tengo, en efecto, mis razones, pero os ruego que no me las preguntéis, señora.
—¡Muy bien! ¿Conque queréis guardar vuestro secreto y que yo os revele el mÃo? ¡No me parece mal! El trato, si para mà no, al menos para vos serÃa ventajoso.
Gabriel descolgó el crucifijo de marfil que coronaba el reclinatorio de encina tallada colocado a espaldas de Diana.
—Juradme por vuestra salvación eterna, señora —le dijo—, que no revelaréis a nadie lo que voy a deciros, ni abusaréis de mi secreto en contra mÃa.
—¿A qué viene ese juramento?
—Me consta que sois buena cristiana, y si me juráis por vuestra salvación eterna, os creeré.
—¿Y si me niego a jurar?
—Sellaré mis labios, señora, y vos quedaréis con el remordimiento de haberme negado la vida.
—¿Sabéis, caballero, que picáis de un modo singular mi curiosidad de mujer? SÃ; el misterio de que os rodeáis tan trágicamente me atrae, lo confieso. Habéis obtenido sobre mi imaginación un triunfo completo, no me duele confesarlo, y eso que nunca creà que fuera empresa fácil intrigarme como me habéis intrigado. Os prevengo que, si juro, es con el exclusivo objeto de saber más a vuestro respecto: pura curiosidad y nada más.