Las dos Dianas
Las dos Dianas —También yo os suplico con objeto de saber, pero mi curiosidad es la del acusado que espera su sentencia de muerte. ¡Curiosidad amarga y terrible! En fin: ¿tenéis la bondad prestar el juramento que os pido, señora?
—Dictadme las palabras y las repetiré, caballero.
Gabriel dictó y Diana repitió lo siguiente:
Por mi salvación, tanto en esta como en la otra vida, juro no descubrir a nadie en el mundo el secreto que vais a revelarme, no utilizarlo en forma alguna que pueda perjudicaros y obrar en todo como si lo hubiese ignorado y como si continuase ignorándolo.
—Bien, señora: principio dándoos las gracias por esta prueba primera de Condescendencia. Y cumplido este deber elemental, pronunciaré dos palabras que bastarán para que lo comprendáis todo: Me llamo Gabriel de Montgomery y fue mi padre Jacobo de Montgomery.
—¡Vuestro padre! —exclamó Diana poniéndose en pie, conmovida y estupefacta.
—De suerte —continuó Gabriel— que si Diana de Castro es hija del Conde, la mujer a quién yo amo, o creo amar apasionadamente, es mi hermana.
—¡Ah…! ¡Comprendo… comprendo! —dijo Diana de Poitiers reponiéndose algún tanto—. ¡He aquà —pensó— lo que salva al condestable!