Las dos Dianas
Las dos Dianas —Ahora, señora —añadió Gabriel, pálido, pero con voz entera—, ¿me otorgaréis la gracia de jurar sobre este crucifijo que Diana de Castro es hija del rey Enrique II? ¿No respondéis? ¡Ah…! ¿Por qué calláis, señora?
—Porque no puedo pronunciar ese juramento.
—¡Dios mÃo…! ¡Dios mÃo…! ¡Diana es hija de mi padre!
—¡Yo no digo tal, ni lo diré nunca! —exclamó Diana de Poitiers—. Diana de Castro es la hija del rey.
—¿Es cierto, señora? ¡Oh! ¡Qué buena sois! Pero, perdonad. Intereses personales pueden moveros a hablar asÃ. ¡Jurad, señora, jurad! ¡Jurad en nombre de vuestra hija, que os bendecirá como yo!
—No juro. ¿Por qué habÃa de jurar?
—¡Señora… por curiosidad, sencillamente por satisfacer vuestra curiosidad acabáis de prestar un juramento análogo al que os pido; y ahora, cuando se trata de la vida de un hombre, cuando dos palabras vuestras pueden sacar dos destinos de la tenebrosa sima de la duda, preguntáis que por qué habéis de jurar!
—Repito, caballero, que no juraré —insistió Diana con frÃa resolución.
—Si yo me caso con Diana de Castro, y esta es mi hermana, ¿no creéis que el crimen caerá de lleno sobre vuestra cabeza?