Las dos Dianas
Las dos Dianas —No, puesto que no he jurado ni juraré.
—¡Esto es horrible, espantoso! —exclamó Gabriel—. Tened presente, señora, que puedo publicar a los cuatro vientos que habéis sido la amante del conde de Montgomery, que hicisteis traición al rey, y que yo, hijo del conde, tengo certeza plena de vuestro delito.
—Certeza moral, pero no pruebas —replicó con sonrisa maliciosa Diana, que habÃa vuelto a adoptar su actitud altanera e impertinente—. Yo tendré el honor de desmentiros, caballero, y en nuestro desacuerdo, conforme habéis tenido la bondad de indicar vos mismo, cuando vos afirméis y yo niegue, me creerán a mà y no a vos. Añadid que nadie me impide decir al rey que habéis tenido la osadÃa de declararme un amor insolente, amenazándome con una campaña de calumnias si no cedÃa a vuestros bastardos deseos. En este caso, sin que yo os lo diga, comprenderéis que quedarÃais irremisiblemente perdido, señor Gabriel de Montgomery… Pero dispensadme; tengo precisión de dejaros… Me habéis interesado mucho, pero mucho; declaro que vuestra historia es una de las más singulares.