Las dos Dianas
Las dos Dianas
OSEÍA Gabriel un corazón firme y valiente; se había propuesto llevar a cabo su resolución, y aunque en el primer momento cedió bajo el peso de la consternación, no tardó en sacudir su abatimiento y con paso mesurado y seguro fue a hacerse anunciar a la reina.
No era imposible que Catalina de Médicis hubiera oído hablar de aquella tragedia, por todos ignorada, de la rivalidad de su esposo con el conde de Montgomery, y quién sabe si hasta habría tomado alguna parte en ella: Por aquella época no debía de tener más de veinte años, y era muy probable que sus celos de esposa joven, bella, y abandonada o tratada con indiferencia, la hubiesen impulsado a tener constantemente fijos los ojos en todos los actos de su rival. Con los recuerdos de la reina contaba Gabriel para utilizarlos como luz que iluminase el sendero por el que caminaba a tientas, y que necesitaba ver claro y diáfano, como hijo y como amante, bien para ser feliz, bien para tomar venganza.
Catalina recibió al vizconde de Exmés con la amabilidad excepcional con que le distinguía en todas las ocasiones.
