Las dos Dianas
Las dos Dianas
UANDO Jacinta introdujo a Gabriel en la cámara que Diana de Castro, como hija legitimada del rey, ocupaba en el Louvre, esta última, en un acceso de efusión pura e ingenua, salió corriendo al encuentro de su amado, sin disimular su inefable alegrÃa. Es de presumir que no hubiera retirado su frente si aquel hubiese aproximado a ella sus labios, pero Gabriel se contentó con estrechar su mano.
—¡Al fin te veo, Gabriel! —dijo ella—. ¡Si supieras con cuánta impaciencia te esperaba, bien mÃo! Desde que te avisé que vinieras, no sé dónde derramar la dicha que desborda en mi alma. Estoy tan contenta, que hablo sola y rÃo sola, y hasta me parece que estoy loca. Pero ya estás aquÃ, Gabriel, ya podemos ser felices los dos… ¿Pero, qué te pasa, querido mÃo? Te encuentro frÃo, grave, casi triste… ¿Con esa cara de aflicción, con esa actitud de reserva pretendes demostrarme tu cariño y testimoniar a Dios y a mi padre tu reconocimiento?