Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿A tu padre…? SÃ; hablemos de tu padre, Diana. En cuanto a esta gravedad mÃa que tanto te sorprende, hija es de la costumbre que he adquirido de acoger con frente severa los favores de la fortuna. Siempre desconfié de sus sonrisas, sin duda porque hasta aquà no me las ha prodigado, y porque me ha enseñado la experiencia que casi siempre sus favores son presagio cierto de desgracia.
—Ignoraba que fueras tan filósofo y tan desgraciado, Gabriel —replicó la joven, entre enojada y alegre—. Pero dejemos eso: decÃas que querÃas que hablásemos del rey, y cree que me parece lo más acertado. ¡Qué bueno es, y qué generoso, Gabriel!
—SÃ, Diana… y te quiere mucho, ¿verdad?
—Con bondad y ternura infinitas, Gabriel.
—¡Claro! ¡Estará muy creÃdo de que es su hija! —dijo para sà Gabriel—. Una cosa me maravilla, Diana —continuó en voz alta—: ¿Cómo el rey, en cuyo corazón debÃa palpitar el presentimiento del cariño entrañable que un dÃa te profesarÃa, ha podido pasar doce años sin verte ni conocerte, y dejarte relegada en Vimoutiers, abandonada y desconocida? ¿No le has preguntado, Diana, la razón de tan extraña indiferencia? Porque es difÃcil, Diana, conciliar tamaño olvido con el cariño que ahora te prodiga.
—¡Pobre padre mÃo! ¡No era él quien me tenÃa olvidada!