Las dos Dianas
Las dos Dianas
IVIRÁ el enfermo, señora Aloísa. Como el peligro ha sido grave, la convalecencia será larga. Las sangrías han debilitado en extremo al pobre joven, pero vivirá, no lo dudéis, y dad gracias a Dios que le envió la enfermedad, porque el aniquilamiento de su cuerpo ha atenuado el golpe que ha recibido su alma. Muy pocas veces se cura de heridas de esta clase, y la que recibió nuestro enfermo pudo ser mortal, y aún pudiera serlo.
El médico que hablaba así era un hombre de elevada estatura, frente espaciosa y prominente, y mirada profunda y escudriñadora. El vulgo le llamaba doctor Nostredame, pero él, cuando escribía a alguna persona instruida, se firmaba Nostradamus. No parecía tener arriba de cincuenta años.
—¡Parece imposible, señor! —respondió Aloísa—. Desde el día siete de junio por la noche está en esa cama; hoy estamos a dos de julio, y en todo ese tiempo no ha hablado una sola palabra, ni ha dado señales de verme ni de conocerme. ¡Jesús… si parece un muerto! ¡Tomáis su mano, y ni siquiera se da de ello cuenta!
—Tanto mejor, señora Aloísa, tanto mejor. Cuanto más tarde en acordarse de sus desventuras, mejor para él. Si, como espero, continúa un mes sumido en ese estado de languidez que tanto os alarma, falto de inteligencia y de memoria, se salvará: respondo de su vida.
