Las dos Dianas

Las dos Dianas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Por encima del seto que cercaba el jardín de Enguerrando vio Gabriel, a través del follaje, el vestido blanco de Diana. Verla, atar el caballo al tronco de un sauce, salvar de un salto el seto y caer a los pies de la doncella, fue obra de un momento. Diana estaba llorando.

—¿Qué le pasa a mi adorada mujercita? —preguntó Gabriel—. ¿Por qué llora mi ángel? ¿Le habrá regañado Enguerrando porque ha destrozado algún vestido? ¿O bien porque ha rezado mal sus oraciones? ¿Se te ha escapado tal vez la calandria? Habla, Diana; dilo todo a tu fiel caballero, que tendrá vivo placer en consolarte.

—¡Ay, Gabriel! ¡Ya no eres mi caballero, no lo serás nunca! Por eso cabalmente estoy triste, por eso lloro.

Supuso Gabriel que Diana habría sabido por boca de Enguerrando su nombre y posición, y que probablemente desearía poner a prueba su cariño.

—¿Quieres decirme, Diana mía —replicó el mancebo—, qué desgracia o qué dicha podrán obligarme nunca a renunciar al dulce título que me has permitido que tome, y que yo ostento con tanta alegría y tanto orgullo? ¿No me ves rendido a tus plantas?

Diana, sin comprender, lloraba con mayor desconsuelo que antes, y ocultando su frente en el pecho de Gabriel, exclamó sollozando:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker