Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Gabriel… Gabriel! ¡No podemos volvernos a ver!
—¿Y quién será capaz de impedirlo? —objetó el mancebo con viveza.
Alzó Diana su rubia y encantadora cabeza, dejando ver dos ojos azules bañados en lágrimas, y seguidamente, con entonación solemne y grave, dijo:
—El deber.
Su hechicero rostro se revistió de una expresión tan desolada y cómica a la vez, que Gabriel, entusiasmado y cediendo a la influencia de sus pensamientos anteriores, rompió a reÃr, a tiempo que rodeaba con sus manos la pura frente de la niña y la besaba repetidas veces. Diana pugnaba por alejarse y por rechazar sus caricias.
—¡No, amigo mÃo, no! ¡Terminaron para siempre nuestros juegos! ¡Hoy no puedo entregarme a ellos sin faltar gravemente a mis deberes!
—¿Qué cuentos le habrá referido Enguerrando? —se dijo Gabriel, persistiendo en su error—. Dime —añadió en voz alta—, ¿es que no me amas ya, Diana querida?