Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡No amarte yo! —exclamó Diana—. ¿Cómo puedes sospechar, y menos decir semejante cosa, Gabriel? ¿No eres tú el amigo de mi infancia, el hermano de toda mi vida? ¿Por ventura no me has tratado siempre con bondad y ternura de madre? Cuando yo reÃa o cuando yo lloraba, ¿a quién veÃa a mi lado dispuesto a reÃr o a llorar conmigo? ¡A ti, Gabriel! ¿Quién me llevaba en sus brazos cuando comenzaba a dominarme el cansancio? ¿Quién me ayudaba a aprender las lecciones? ¿Quién se confesaba autor de mis faltas y sufrÃa parte de mis castigos, cuando no enteros? ¡Tú también, Gabriel! ¿Quién inventaba mil juegos para que yo me divirtiese? ¿Quién me regalaba los ramos más lindos, quién me obsequiaba con las flores más encantadoras de las praderas? ¿Quién trepaba a lo alto de los árboles para depositar a mis pies los nidos de los jilgueros? ¡Tú, Gabriel, siempre tú! En todas partes, en todos los momentos, en todas las ocasiones te he encontrado bueno, amable, cariñoso, fiel, Gabriel. No; no podré olvidarte mientras viva, amigo mÃo, mientras aliente mi corazón vivirás en mi corazón, y ojalá pudiera darte mi existencia, ojalá pudiera darte mi alma. ¡Ay, Gabriel! Sólo soñando contigo he soñado la dicha… pero ¡triste de mÃ!, con todo esto, es necesario que nos separemos, probablemente para no volvernos a ver jamás.