Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿Pero, por qué? ¡Ah, ya caigo! ¡En castigo por haber introducido maliciosamente al perro Philax en el corral! —dijo Gabriel.

—¡No, no! Es por otra cosa muy distinta.

—Sepámosla, querida Diana.

Púsose en pie la niña, y dejando caer los brazos a lo largo del vestido y doblando la cabeza sobre el pecho, dijo:

—Porque soy la esposa de otro.

Gabriel no reía ya: con el corazón oprimido y voz alterada, apenas si acertó a balbucear:

—¿Qué estás diciendo, Diana?

—Ya no me llamo Diana, sino la señora duquesa de Castro, porque mi marido se llama Horacio Farnesio, duque de Castro.

La niña no pudo menos de sonreír a través de sus lágrimas. Realmente resultaba gracioso poder decir mi marido a los doce años de edad, y halagador llamarse duquesa. Mas no tardó en sentirse dominada por el dolor al observar el que reflejaba la trastornada fisonomía de Gabriel, quien se había puesto en pie y la miraba pálido como la muerte y con mirada extraviada.

—¿Pero es broma o sueño lo que me dices? —preguntó.

—¡No, triste amigo mío! ¡Es realidad! ¿No has tropezado en el camino a Enguerrando, que salió para Montgomery hará sobre media hora?


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