Las dos Dianas
Las dos Dianas »—¡En mi casa sÃ, pero no digáis que por mi causa! —contestó Diana—. Vuestras son mi alma y mi vida, monseñor, y puedo decir que principié a vivir el dÃa que vos aceptasteis este pobre corazón mÃo que os es tan leal. Puede que en otro tiempo… no sé, pero acaso dejé entrever a Montgomery algunas esperanzas… esperanzas muy vagas, pero llegasteis vos, y aquello pasó al olvido. Desde entonces, os lo juro, quisiera que dierais más crédito a mis palabras que a las calumnias de la señora de Etampes, que obra impulsada por los celos… desde entonces, desde el dÃa bendito en que os dignasteis amarme, todos los pensamientos de mi inteligencia, todas las pulsaciones de mi sangre, han sido para vos y por vos, monseñor. Ese hombre miente, ese hombre obra de concierto con mis enemigos, ese hombre no tiene derecho alguno sobre la que os pertenece por entero, Enrique. Apenas si le conozco, y lejos de amarle, ¡gran Dios!, le odio, le aborrezco y le desprecio. Ya veis que ni siquiera os he preguntado si vive o si ha muerto; me preocupo únicamente de vos; a él ¡le odio!
»—¿Debo creeros, señora? —preguntó el delfÃn con un resto de desconfianza sombrÃa.