Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXII

SEÑOR de Montmorency —decía el delfín, entre melancólico y colérico, al entrar en la cámara de Diana—; estaría ahora menos descontento de mí y más contento de vos si no me hubierais sujetado casi a viva fuerza.

»—Monseñor me permitirá que le haga presente —contestó el condestable—, que bien están esas palabras en boca de un joven, pero no en la de un hijo de un rey. Vuestros días, monseñor, no os pertenecen a vos, sino a vuestro pueblo, y las cabezas coronadas tienen deberes sagrados que no comprenden a los demás hombres.

»—Si lo que decís es verdad, ¿por qué me irrito contra mí mismo? ¿Por qué estoy como avergonzado? ¡Ah!… ¿Sois vos, señora?, repuso dirigiéndose a Diana, en quien no había reparado hasta entonces—. ¡En vuestra casa, y por vuestra causa, he sido ultrajado por primera vez!

»El amor propio lastimado hablaba en aquel momento más recio que sus celos.


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