Las dos Dianas

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»—¡Sea! —contestó el delfín, cuya débil voluntad aceptó gustoso el pretendido término medio del condestable—. Montgomery podrá arrepentirse de su irreflexivo acaloramiento, y yo también podré reflexionar sobre lo que mi dignidad y mi conciencia me ordenan que haga.

»—Volvamos, pues, al Louvre, monseñor, y hagamos constar nuestra presencia. Señora —añadió sonriente el condestable, dirigiéndose a Diana de Poitiers—; mañana os le devolveré, pues veo con placer que le amáis con verdadera pasión.

»—¿Pero está tan convencido de lo mismo monseñor el delfín? —preguntó Diana—. ¿Me perdonará este incidente fatal que no podía prever y en el cual ninguna parte he tenido?

»—Sí; creo que me amáis… con toda vuestra alma, Diana —contestó el delfín pensativo—. Es más: tengo precisión de creerlo, porque, aun cuando Montgomery hubiese dicho verdad, el dolor inmenso que se apoderó de mí al imaginar que os había perdido, me ha hecho comprender que vuestro amor es una necesidad de mi existencia, y que, quien una vez os ama, ha de amaros mientras le dure la vida.

»—¡Ah… si eso fuese verdad! —exclamó Diana con acento de pasión y besando la mano que el príncipe le tendía en señal de reconciliación.


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