Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»—Vamos sin tardanza, monseñor —dijo Montmorency.

»—Hasta la vista, Diana.

»—Hasta la vista, dueño mío —contestó la de Poitiers, enfatizando las dos palabras últimas con expresión de indecible encanto.

»Mientras el delfín, a quien Diana había acompañado hasta la puerta de su cámara, descendía la escalera, Montmorency abrió la puerta del oratorio, donde continuaba encadenado y vigilado el señor de Montgomery, y dirigiéndose al jefe de los soldados, dijo:

»—Dentro de poco enviaré un hombre de toda mi confianza que os comunicará lo que debéis hacer con el prisionero. Hasta entonces vigilad todos sus movimientos y no le perdáis de vista un segundo; de su persona me respondéis con vuestra cabeza.

»—Descuidad, monseñor —contestó el soldado.

»—También vigilaré yo —advirtió Diana desde la puerta de su cámara.

»Todos se alejaron, y Perrot ya no oyó desde su escondite más que el acompasado paso del centinela colocado junto a la puerta del oratorio, mientras sus compañeros vigilaban en el interior al prisionero».


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