Las dos Dianas
Las dos Dianas
LOÍSA, después de haber descansado algunos instantes, porque apenas si la dejaba hablar el dolor que le producía el recuerdo de tan trágica historia, cobró algunos ánimos y, a instancias de Gabriel, terminó su triste narración del modo siguiente:
«Daba la una de la madrugada cuando se alejaban el delfín y su poco escrupuloso mentor. Perrot tenía el convencimiento de que su señor estaba perdido sin remedio si daba tiempo a que llegase el emisario anunciado por Montmorency. Había tomado nota de que el condestable no había indicado contraseña alguna para que pudieran reconocer a su enviado, e inmediatamente ideó su plan de salvación. Esperó media hora próximamente con objeto de dar visos de verdad a la llegada del emisario, y entonces salió sigiloso de su escondite, bajó con cuidado algunos tramos de la escalera, y los volvió a subir con paso firme, procurando que fuese oído desde el interior del oratorio, llamando momentos después a la puerta de este.
»Temerario era el plan que espontáneamente había concebido, pero por lo mismo tenía a su favor grandes probabilidades de éxito.
»—¿Quién va? —preguntó el centinela.
»—Enviado de monseñor de Montmorency.
»—Abrid —ordenó el jefe de los soldados.