Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»Cumplida la orden, Perrot penetró con la cabeza erguida y audaz continente.

»—Soy —dijo— el escudero del caballero Carlos de Manffol, que lo es a su vez, como sabéis, de monseñor de Montmorency. Acompañaba a mi señor, que regresaba del Louvre, donde había estado de guardia, cuando encontramos en la plaza de la Gréve a monseñor de Montmorency, con un joven alto envuelto en su capa. Monseñor de Montmorency reconoció al caballero de Manffol y le llamó. Cambiaron algunas palabras en voz baja, que no oí, y seguidamente me ordenaron que viniese aquí, a la calle de Higuera, domicilio de la señora Diana de Poitiers, donde encontraría un prisionero, con respecto al cual me han dado instrucciones secretas, que debo cumplir. He pedido algunos hombres de escolta, pero me han manifestado que había aquí fuerza suficiente, y veo que, en efecto, sois más de los que necesito para llevar a cabo la misión de conciliación que me han confiado. ¿Dónde está el prisionero? ¡Ah! ¡Ya lo veo! Quitadle la mordaza: necesito hablarle y que él me responda.

»Dudaba el escrupuloso jefe de los soldados a pesar del tono decidido de Perrot.

»—¿No traéis ninguna orden escrita? —preguntó.


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