Las dos Dianas
Las dos Dianas »—¿Os parece si se escriben órdenes en la plaza de la Gréve, a las doce de la madrugada? —contestó Perrot encogiéndose de hombros—. Lo que sà me ha dicho monseñor de Montmorency es que os habÃa advertido de mi llegada.
»—Es cierto.
»—Entonces, ¿a qué vienen esas tonterÃas, buen hombre? ¡Vaya! Despejad un poco, amigos, que lo que tengo que decir a ese señor debe quedar entre él y yo… ¿No me oÃs? ¡Atrás… atrás!
»Retrocedieron en efecto, y Perrot pudo acercarse a su señor, a quien ya habÃan quitado la mordaza.
»—¡Mi bravo Perrot! —dijo el conde, que habÃa conocido a su escudero desde que este entró en el oratorio—. ¿Cómo estás aquÃ?
»—Luego lo sabréis, monseñor. Escuchadme, porque no podemos perder un momento.
»En pocas palabras le puso al tanto de la escena que acababa de tener lugar en la cámara de Diana y de la resolución que habÃa adoptado Montmorency de sepultar para siempre el secreto del terrible insulto inferido al prÃncipe juntamente con la persona del agresor. Era forzoso sustraerse a tan mortal cautiverio mediante una resolución desesperada.