Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»—¡Mentira! —contestó Perrot, intentando negarlo—. Soy escudero del caballero Manffol y enviado aquí por monseñor de Montmorency.

»—¿Quién pretende ser el enviado de monseñor de Montmorency? —preguntó una voz desde la galería, la voz del verdadero mensajero—. Ese hombre miente, mis bravos soldados. Ved aquí el anillo y el sello de los Montmorency. Además, no podéis menos de reconocerme, puesto que soy el conde de Montansier. ¡Cómo! ¿Habéis osado quitar la mordaza al preso y os disponías a desatarle? ¡Desgraciados!… ¡Amordazadle inmediatamente y amarradle más sólidamente que estaba!

»—¡Magnífico! —exclamó el jefe de los esbirros—. Estas órdenes ya son más verosímiles.

»—¡Pobre Perrot! —se limitó a decir el conde.

»No se dignó dirigir una palabra de queja ni de reconvención a Diana, aunque tuvo tiempo de hacerlo antes de que le amordazasen. Es posible que no lo hiciera por temor de comprometer más a su abnegado escudero. No imitó, por desgracia, el servidor la prudencia de su señor, pues dirigiéndose a Diana de Poitiers, rugió poseído de indignación:


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