Las dos Dianas
Las dos Dianas »Y permaneció fuera del oratorio, sobre el primer peldaño, de la escalera, dando frente a esta y con el puñal desnudo en la mano, por si veÃa subir al mensajero auténtico de Montmorency, a quien estaba dispuesto a dejar inmóvil para siempre.
»Absorto en la vigilancia de la escalera, no vio ni oyó a sus espaldas a Diana que, atraÃda por el ruido de las voces, habÃa salido de su cámara y adelantaba hasta la puerta del oratorio, que estaba abierta. Aquel monstruo de traición vio que desataban a monseñor de Montgomery, el cual quedó yerto de horror al verla.
»—¡Miserables! —gritó—. ¿Qué hacéis?
»—Obedecemos las órdenes de monseñor de Montmorency, señora —contestó el jefe de la guardia—. Estamos desatando al prisionero.
»—¡Montmorency no ha podido dar orden semejante! —replicó la de Poitiers—. ¡Imposible! ¿Quién ha traÃdo esa orden?
»Los soldados indicaron a Perrot, que se habÃa vuelto poseÃdo de espanto y de estupor al oÃr la voz de Diana. Un rayo de luz iluminaba de lleno la cara pálida y consternada de mi pobre marido. Diana de Poitiers le reconoció al punto.
»—¿Ese hombre? —preguntó Diana—. ¡Ese hombre es el escudero del preso! ¡Ved lo que ibais a hacer!