Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»—No me niego; dudo. Si me mandaseis degollar a este caballero, o tirarle de cabeza al río o conducirle a la Bastilla obedecería sin titubear, pero ponerle en libertad, cosa es que no entra en nuestras atribuciones.

»—¡Cómo queráis! —respondió Perrot sin desconcertarse—. Os he transmitido las órdenes que me dieron y me lavo las manos. De vuestra desobediencia contestaréis vos a monseñor de Montmorency, y como nada me queda que hacer aquí, ¡buenas noches!

»Y abrió la puerta como para salir.

»—Deteneos un instante —dijo el esbirro—. ¿Tanta prisa tenéis? ¿Me aseguráis que es la voluntad de monseñor de Montmorency que deje en libertad al prisionero? ¿Estáis cierto de que es monseñor de Montmorency quién os envía?

»—¡Necio! —replicó Perrot—. ¿Podía yo saber, si él no me lo hubiera dicho, que guardabais aquí a un prisionero? ¿Ha salido alguien de la casa después de monseñor Montmorency para que me lo haya advertido?

»—¡Está bien! Se desatará a ese hombre —refunfuñó el esbirro, con el descontento del tigre a quien arrebatan la presa que iba a devorar—. ¡Qué veleidosos son esos nobles, cuerpo de Cristo!

»—¡Corriente! —dijo Perrot—. Aquí espero.


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