Las dos Dianas
Las dos Dianas »—Puesto que asà lo quieres, monseñor, juro.
»—Sobre la cruz de tu espada, Perrot, júrame que nunca sabrá Gabriel por ti este peligroso misterio.
»—Lo juro sobre la cruz de mi espada, monseñor —contestó Perrot extendiendo sobre aquella la mano derecha.
»—Gracias, amigo mÃo, gracias. Ahora, puedes hacer lo que quieras, mi fiel servidor. Me entrego a tu valor y a la gracia de Dios.
»—¡Sangre frÃa y serenidad, monseñor, y ahora veréis!
»Dirigiéndose al jefe de la guardia, añadió:
»—Las contestaciones del preso son tan satisfactorias, que podéis desatarle y dejarle partir al punto.
»—¿Desatarle? ¿Dejarle partir? —repitió el jefe estupefacto.
»—Claro que sÃ: son órdenes de monseñor de Montmorency.
»—Monseñor de Montmorency —replicó el jefe de la guardia moviendo la cabeza— nos ordenó que vigilásemos a este prisionero, y añadió, al marcharse, que yo respondÃa de su persona con mi cabeza. ¿Cómo es posible que el mismo señor mande ahora que se le ponga en libertad?
»—¿Y cómo os negáis a obedecerme a mÃ, que hablo en su nombre? —increpó Perrot sin perder la serenidad.