Las dos Dianas

Las dos Dianas

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»—Tienes razón, Perrot; he tenido demasiado olvidado a mi pobre Gabriel, y Dios me castiga con justicia. Por mi hijo debo, quiero aprovechar el último recurso de salvación que vienes a ofrecerme, amigo mío, pero ante todo, escúchame: si fracasan tus esfuerzos, si se malogra la empresa, insensata a fuerza de ser audaz, que vas a intentar, yo no quiero, Perrot, legar a un pobre huérfano como herencia las consecuencias de mi destino fatal, no quiero imponerle, luego que yo haya desaparecido de este mundo, las terribles enemistades a cuyos golpes habré sucumbido yo. Júrame, pues, que si la prisión o la tumba se abren para mí, y tú me sobrevives, jamás sabrá Gabriel por tu boca cómo desapareció su padre de la tierra. Si él llegase a conocer este secreto terrible, querría salvarme o vengarme, y en uno y otro caso se perdería sin remedio. ¡Tengo que dar a su pobre madre una cuenta harto terrible para que la añada este peso más! ¡Viva feliz mi hijo sin que le torturen las calamidades y desdichas de su padre! Júramelo, Perrot, y ten presente que no te relevo del juramento más que en el caso en que los tres actores de la escena que acabas de narrarme muriesen antes que yo, es decir, cuando el Delfín, que para entonces será rey, Diana y el señor de Montmorency, hayan llevado a la tumba su odio omnipotente y nada puedan ya contra mi hijo. Si tan dudosa hipótesis llegara a realizarse, que procure, si ese es su deseo, encontrarme y rescatarme, pero hasta entonces, que ignore como todo el mundo y si es posible más que todos, el fin de su padre. ¿Me lo prometes, Perrot? ¿Me lo juras? Con esta condición únicamente me abandonaré a tu valor temeraria y aceptaré tu sacrificio, que temo resulte inútil Perrot.


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