Las dos Dianas
Las dos Dianas Al llegar al vestÃbulo del Louvre, seguido de MartÃn Guerra, esta vez del MartÃn Guerra auténtico, notó Gabriel una agitación inusitada, pero demasiado preocupado su pensamiento en sus propios asuntos, no se detuvo a indagar la causa que habÃa llevado allà a los grupos que entorpecÃan el paso y que hablaban tristes y como azorados.
A pesar de su distracción, hubo de reconocer una litera que ostentaba el escudo de armas de los Guisa, y saludar al cardenal de Lorena que descendÃa de aquella.
—¡Hola! ¿Sois vos, señor vizconde de Exmés? —preguntó afectuosamente Carlos de Lorena—. Os veo completamente restablecido, de lo que me alegro mucho. Mi hermano, en su última carta, me pregunta con vivo interés por vos.
—¡Oh, monseñor…! ¡Tanta bondad…!
—La tiene más que merecida vuestro valor, amigo mÃo —interrumpió el cardenal—. ¿Adónde vais tan presuroso?
—A ver al rey, monseñor.