Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Señor de Exmés! —exclamaron al unÃsono, Enrique y Diana; el rey con acento de sorpresa y Diana con expresión de desdén.
—¿Cómo habéis llegado hasta aqu� —preguntó con severidad el monarca.
—Señor, entré con su eminencia…
—¡Ah! Eso es diferente… ¿DecÃais, señor de Exmés, que San QuintÃn resistirá…?
—SÃ, señor; y vuestra majestad decÃa también que, si resistÃa, la colmarÃais de privilegios y de riquezas.
—Y lo repito.
—Pues bien, señor: lo que concederÃais a la ciudad, si se defiende y resiste, ¿lo negarÃais al hombre que la hiciera defenderse, al hombre cuya voluntad enérgica se impusiera a la ciudad entera y la obligase a no rendirse hasta tanto no cayera el último lienzo de sus muros bajo el fuego de los cañones enemigos? El favor que os pidiera ese hombre a quien serÃais deudor de ocho dÃas de respiro, y quizá de la salvación de vuestro reino, ¿se lo regatearÃais, señor? ¿EncontrarÃais cara una gracia que os hubiese devuelto un imperio?
—¡De ningún modo! —contestó Enrique—. Ese hombre conseguirÃa de mà todo lo que pueda depender de la voluntad de un rey.