Las dos Dianas
Las dos Dianas Gabriel, entretanto, había permanecido apartado, pensativo y sin ser visto. Su juvenil y generoso corazón sentía todo el peso de la emoción consiguiente al terrible extremo de que Francia se encontraba reducida. Ya no se acordaba de que el vencido, el herido, el humillado, el prisionero, era Montmorency, su mortal enemigo; en aquellos instantes no veía en aquel más que al general de las tropas francesas. Le preocupaban tanto los peligros de su patria como las desdichas de su padre. El noble joven tenía tesoros de amor para todos los sentimientos y de piedad para todos los infortunios, de aquí que, cuando el rey, luego que salió el cardenal, se dejó caer desolado sobre un sillón, y con la frente hundida entre sus manos exclamó:
—¡Oh, San Quintín! ¡En ti está hoy cifrada la suerte de Francia! ¡San Quintín…! ¡Mi leal, mi buena ciudad! Si pudieras prolongar tu resistencia ocho días más, el duque de Guisa tendría tiempo suficiente de llegar y no sería imposible organizar la defensa al amparo de tus fieles murallas. ¡En cambio, si estas caen, el enemigo avanzará sobre París y todo está perdido! ¡San Quintín… San Quintín! ¡Por cada hora de resistencia te otorgaría un privilegio, y por cada sillar que caiga de tus muros te daría un brillante, si aún te resistieras ocho días!
Gabriel dio un paso al frente y dijo:
—¡Señor! ¡Resistirá los ocho días o más!