Las dos Dianas
Las dos Dianas —Obedezco a vuestra majestad —contestó el cardenal dirigiéndose al despacho—, y mi ilustre hermano obedecerá como yo, porque su vida pertenece a su rey y a su patria. Sin embargo, sea el que quiera el resultado de sus esfuerzos, venza o sea vencido, he de rogar a vuestra majestad que tenga presente que le ha confiado el poder en circunstancias desesperadas.
—Decid peligrosas, primo mÃo, pero no desesperadas —replicó el rey—. Mi buena y leal ciudad de San QuintÃn y su bravo defensor se sostienen todavÃa…
—Se sostenÃan hace dos dÃas, es verdad, señor —observó Carlos de Lorena—; pero sus fortificaciones estaban en deplorable estado, y los habitantes, acosados por el hambre, hablaban de rendirse. Si San QuintÃn cae en poder de los españoles, a los ocho dÃas se habrán apoderado estos de ParÃs. Pero no importa, señor; voy a escribir a mi hermano, y ya sabéis que cuanto pueda hacer un hombre lo hará el duque de Guisa.
El cardenal saludó al rey y a Diana y entró en el despacho particular del rey para escribir la carta que este deseaba.