Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Yo, señor —contestó el cardenal—, si vuestra majestad me hubiese concedido el honor de consultarme hace un mes cuando se trató de la aventura de Montmorency…

—Dejémonos de recriminaciones tardías e inútiles, primo mío. No se trata del pasado, sino del porvenir, que se presenta terriblemente amenazador, y del presente, erizado de peligros. El señor duque de Guisa ha emprendido el regreso de Italia, ¿verdad?

—Sí, señor: a estas horas debe hallarse en Lyón.

—¡Loado sea Dios! —exclamó el rey—. Pues bien, señor de Lorena; en las manos de vuestro ilustre hermano pongo la salvación del Estado; a vos y a él os confiero plenos poderes y autoridad soberana. Sed tan reyes como yo, y aún más que yo. Acabo de escribir en este instante al duque de Guisa para que acelere su llegada; he aquí la carta. Ruego a su eminencia que le escriba otra, pintando a su hermano la horrible situación en que nos encontramos y la necesidad de no perder un minuto si quiere salvar a Francia. Decidle que me abandono a él por completo. Escribid, señor cardenal, escribid pronto, os lo suplico. No tenéis necesidad de salir de aquí; allá, en el despacho, encontraréis cuanto os haga falta. El correo espera con las espuelas calzadas y el pie en el estribo… ¡Id, por favor, primo mío, que en media hora puede perderse o salvarse todo!


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