Las dos Dianas

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—San Quintín se sostenía todavía a la salida del correo que trajo la noticia —contestó el cardenal—, y el sobrino del condestable, el almirante Gaspar de Coligny, que defiende la plaza, ha jurado atenuar el yerro de su tío, muriendo bajo los escombros de los muros antes que rendirse. Se teme, sin embargo, que a estas horas esté enterrado y haya caído en poder del enemigo hasta el último lienzo de muralla.

—¡Y en ese caso, el reino puede considerarse perdido!

—¡Dios proteja a Francia! —exclamó el cardenal—. Pero hemos llegado a la cámara del rey; veamos qué disposiciones adopta para su propia defensa.

Al pasar el cardenal, le saludaron los guardias con el respeto debido al hombre necesario, al hombre de la situación, al hermano del héroe que, no obstante lo crítico del caso, podía salvar la nación. Carlos de Lorena, seguido de Gabriel, llegó sin oposición hasta el gabinete del rey y encontró a este en compañía de Diana de Poitiers. La consternación del monarca era evidente. Al ver al cardenal, Enrique abandonó vivamente su asiento y salió presuroso a su encuentro.

—¡Sea bien venido vuestra eminencia! —dijo—. ¡Qué catástrofe tan espantosa, señor de Lorena! ¡Quién me lo hubiera dicho…!


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