Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Motivada, amigo mío, muy motivada! El señor de Montmorency ha hecho otra de las suyas. Quiso acudir con el ejército a socorrer la plaza de San Quintín, sitiada por el enemigo, y nuestro intrépido condestable… Pero no subáis tan deprisa, señor Exmés, que no tengo vuestras piernas ni vuestros veinte años… Decía, que nuestro intrépido condestable ofreció batalla al enemigo… Fue anteayer, diez de agosto, día de San Lorenzo. Disponía de un ejército tan numeroso como el de los españoles, de una caballería admirable y de lo más escogido de la nobleza francesa. ¡Pues bien! Ha sabido manejarse con tanta habilidad el experto general, que en las llanuras de Gibercourt y de Lizerolles le han infligido una derrota espantosa, ha quedado él herido y prisionero, y con él, todos los generales y jefes que no perdieron la vida en la batalla. Entre estos últimos se cuenta el duque de Enghien, y de toda la infantería, apenas si se han salvado cien hombres. Ved ahí, señor de Exmés, la causa de la tristeza que observáis en todos los rostros, y la que, sin duda alguna, ha impulsado a su majestad a llamarme con tanta premura.

—¡Dios mío! —exclamó Gabriel, sintiendo muy vivo, no obstante su dolor personal, el nacido de la espantosa calamidad pública—. ¡Dios mío! ¿Será posible que vuelvan a pesar sobre Francia las jornadas de Poitiers y de Azincourt? ¿Y San Quintín, monseñor?


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