Las dos Dianas
Las dos Dianas
RABIEL de Montgomery siguió platicando con el almirante durante más de una hora. Coligny admiraba cada vez más la naturaleza, la osadÃa y los grandes conocimientos de aquel joven que le hablaba de estrategia como pudiera hacerlo el mejor general en jefe, de trabajos de fortificación como un ingeniero, y de influencia moral como un anciano. Gabriel, por su parte, admiraba el noble y dulce carácter de Gaspar, su bondad y su honradez, que le hacÃan quizás el más cumplido y leal caballero de su época. ¡Buena verdad es que en nada se parecÃa el sobrino al tÃo! Al cabo de una hora de conversación, aquellos dos hombres, el uno de cabeza gris y el otro de lustrosa y rizada cabellera negra, se comprendÃan y estimaban como si mediase entre ellos una amistad de veinte años de fecha.
Cuando se pusieron de acuerdo con respecto a las medidas que habÃan de adoptarse para favorecer la entrada en el recinto de la compañÃa de Vaulpergues, Gabriel se despidió del almirante diciendo con tono de seguridad:
—¡Hasta la vista!
Como es natural, llevaba en la memoria las contraseñas necesarias.
Al pie de las casas consistoriales esperaba MartÃn Guerra, disfrazado de campesino como su señor.
