Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Gracias a Dios que os veo, noble señor! —exclamó—. A fe que tenía ganas, pues desde hace una hora no oigo hablar más que del vizconde de Exmés. Todo son exclamaciones de regocijo, todo elogios. Habéis cambiado en un momento el aspecto de la ciudad. ¿Qué talismán os habéis traído, monseñor, para infundir un espíritu nuevo en la población entera?

—La voz de un hombre resuelto, Martín, y nada más; pero no basta hablar, amigo mío; es preciso obrar.

—¡Pues manos a la obra, señor! A mí, más me gustan las obras que las palabras, y por lo que veo, muy pronto pasaremos por el campo rozando las narices de los centinelas enemigos. Cuando dispongáis, monseñor: yo estoy pronto.

—Calma, Martín, que todavía es mucha la claridad, y yo espero las sombras para salir de la ciudad. Así lo hemos convenido el almirante y yo. Disponemos, pues, de unas tres horas poco más o menos; tiempo que aprovecharé para resolver otro asunto… —añadió con cierta cortedad— sí… un asunto importante; necesito adquirir ciertos informes en la ciudad.

—Comprendo: necesitáis saber a punto fijo las fuerzas que forman la guarnición, ¿verdad? O bien examinar los puntos débiles de las fortificaciones. ¡Sois infatigable, monseñor!


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