Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXX

POR quiméricas que parecieran las esperanzas de Martín Guerra, es lo cierto que se realizaron: cuando Gabriel, después de vencer mil dificultades y de correr grandes peligros, llegó al bosque donde le esperaba el barón de Vaulpergues, la primera persona con quien topó fue su escudero, y la palabra primera que pronunció fue: ¡Martín!

—El mismo, monseñor —respondió resueltamente el escudero.

No era por cierto aquel el Martín Guerra que necesitaba que le recomendasen el empleo de la imprudencia.

—¿Llegaste mucho antes que yo, Martín? —preguntó Gabriel.

—Sobre una hora, monseñor.

—¡Muy bien… muy bien…! Pero si no me engaño, has cambiado de traje; cuando nos separamos hace tres horas no llevabas esa casaca.

—No, monseñor; la pedí a un labriego más auténtico que yo, y le di mi saco en cambio.

—¿No has tenido ningún mal encuentro en el camino?

—Ninguno, monseñor.


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