Las dos Dianas

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—Todo lo contrario —terció el barón de Vaulpergues, que apareció en aquel momento—. El gran tunante llegó aquí acompañando a una muchacha linda y graciosa, una cantinera flamenca, según hemos podido juzgar por la lengua que habla. Lloraba sin cesar, la pobrecilla, y la despidió en el lindero antes de llegar hasta aquí.

—Pero no sin haberla aliviado antes del peso de algunas chucherías que me hacían falta —observó el falso Martín Guerra riendo con insolencia.

—¡Ay, Martín, Martín! —exclamó Gabriel—. ¡Está enseñando otra vez la oreja el Martín malo!

—Monseñor quiere decir sin duda el Martín joven… Pero perdonad, señor —dijo Arnaldo de Thill, acordándose del papel que representaba—: Con mi charla robo a vuestras señorías unos momentos preciosos.

—Estoy dispuesto —dijo el barón de Vaulpergues a Gabriel, luego que este le dio cuenta de su excursión y de su propósito—. Si es esa vuestra opinión, señor de Exmés, y la del señor almirante, nos pondremos en camino dentro de media hora. No son todavía las doce de la noche, y mi parecer es que no debemos llegar a San Quintín antes de las tres de la madrugada, hora en que el enemigo descuida algún tanto la vigilancia. ¿Qué os parece, señor vizconde?


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